Acompañar

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No es indispensable hablar, ni hacer algo especial.

Lo importante es comunicar al otro que uno está unido con la alegría, o la tristeza; que está viviendo el ser querido.

Lo que vale es respetar siempre el pedido, verbal o silencioso, latente o manifiesto de compañía o de soledad.

Acompañar es intuir la carencia del otro: es cuidar, proteger, sin molestar o dañar.

Es tarea de amigos, de amantes, de seres que se sostienen en la hermandad de los afectos. Es un servicio de lealtad

Es un punto de contacto, más cerca de los sentimientos invisibles que de la mera proximidad física, ostensible.

Se puede estar “cerca” de alguien. También es posible estar unidos por la distancia, pero próximos en el corazón.

A veces los sentimientos se filtran por las fronteras inventadas por los mismos protagonistas.

Acompañar no es pared sino puente, unión de almas.

Existen paredes de vidrio, no visibles, que impiden la unidad de los sentimientos, que asfixian el surgimiento generoso y espontáneo de la compasión.

Hay proximidades que agobian y aíslan mucho más que la soledad misma.

“Y qué le digo”?, preguntó alguien, temeroso de sus propias emociones ante el dolor de un conocido… “No digas nada, absolutamente nada”, respondió la sensibilidad. Lo que importa es estar ahí en el momento justo.

Tal vez no exista nada mejor que la elocuencia del silencio.

En determinadas circunstancias, las palabras sólo consiguen incomunicar.

Como se recuerda el sabor del vino aún después que su olor se haya desvanecido, y que su copa haya desaparecido.

“Cállate por favor… quiero estar contigo”, suplicó el poeta necesitado de compañía.

Carta de Abraham Lincoln, 1830.

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Carta fue escrita ¡hace casi hace 200 años!, sigue siendo una inspiración y parece que fue escrita ayer mismo.

«Querido profesor, él tendrá que aprender que no todos los hombres son justos, ni todos son sinceros, pero por favor dígale:

“Que para cada villano hay un héroe”…

“Que para cada egoísta hay también un líder dedicado”;

enséñele, por favor, que para cada enemigo habrá también un amigo; enséñele que vale más una moneda ganada que una moneda encontrada.

Enséñele a perder, pero también enséñele a saber gozar de la victoria; apártelo de la envidia y dele a conocer la alegría profunda de la sonrisa silenciosa.

Hágalo maravillarse con los libros, pero déjelo perderse con los pájaros en el cielo, las flores en el campo, los montes y los valles.

En los juegos con los amigos, explíquele que la derrota honrosa vale más que la victoria vergonzosa, enséñele a creer en sí mismo, igual solo que contra todos.

Enséñele a ser amable con los amables y severo con los rudos; enséñele a no entrar nunca en el tren simplemente porque los otros entraron. Enséñele a escuchar a todos, pero a la hora de la verdad a decidir solo.

Enséñele a reír cuando esté triste y explíquele que a veces los hombres también lloran.

Enséñele a ignorar las multitudes que reclaman sangre y a luchar solo contra todos si él cree que tiene la razón.

Trátelo bien, pero no lo mime, pues solo la prueba del fuego hace el verdadero acero; déjelo tener el coraje de ser impaciente y la paciencia de ser corajudo.

Transmítale una fe sublime en el creador y fe en él mismo, pues solo así podrá tener fe en los hombres.

Yo sé que estoy pidiendo mucho, pero vea lo que pueda hacer, querido profesor.»

Abraham Lincoln, 1830.

EL DOLOR ES UN MAESTRO


El dolor en sí mismo no es un mal que tengamos que evitar a toda costa.

El dolor es un maestro que nos puede enseñar muchas cosas.

El dolor nos instruye, nos dice que cambiemos, que dejemos de hacer una cosa y emprendamos otra, que dejemos de pensar en cierta forma y empecemos a pensar en forma diferente.

Y cuando nos negamos a escuchar al dolor y a sus enseñanzas, lo único que nos queda es convertirnos en escapistas.


Efectivamente, lo que decimos es:
no voy a escuchar,
no voy a aprender,
no voy a cambiar.

Las personas abiertas y que van creciendo no toman a regañadientes la pedagogía del dolor y buscan el cambio.

Intentan respuestas y correcciones adecuadas.

Los otros no escuchan las enseñanzas del dolor.
Se contentan con establecerse y vivir con el 10 % de su potencial humano. Se contentan con morir,
sin haber realmente vivido.

Mediante las verdaderas y permanentes relaciones del amor, podemos recobrar la aceptación de nosotros mismos, la realización de lo que valemos.
Si poseemos estas dos cualidades, todo lo demás se irá desplazando en dirección del crecimiento, por el sendero de la paz.

Cuando faltan el amor y el sentido del valor personal, lo único que queda es una existencia parcial.
Y así solo podremos lograr una fracción de lo que pudimos haber logrado y sido.

Aprendamos del dolor.

Frase

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Vive el presente. “Soy yo, no los acontecimientos, los que tienen el poder de hacerme feliz o infeliz hoy. Puedo elegir cuál será. El ayer está muerto, el mañana no ha llegado aún. Tengo solo un día, hoy, y seré feliz en él” –  (Groucho Marx).

UN MINUTO

Un minuto sirve para sonreír:
sonreír para el otro, para ti y para la vida.

Un minuto sirve para ver el camino, admirar una flor,
sentir el perfume de la flor, sentir el césped mojado,
percibir la transparencia del agua.

Se requiere apenas de un minuto para evaluar
la inmensidad del infinito, aunque sin poder entenderlo.
Un minuto apenas para escuchar el canto de los pájaros.
Un minuto sirve para oír el silencio, o comenzar una canción.
Es en un minuto en que uno dice el “sí” o el “no” que cambiará toda su vida.
Un minuto para un apretón de mano y conquistar un nuevo amigo.

Un minuto para sentir la responsabilidad pesar en los hombros, la tristeza de la derrota, la amargura de la incertidumbre, el hielo de la soledad, la ansiedad de la espera, la marca de la decepción, la alegría de la victoria…

En un minuto se puede amar, buscar, compartir, perdonar, esperar, creer, vencer y ser…
En un simple minuto se puede salvar una vida.
Tan sólo un minuto para incentivar a alguien o desanimarlo.

Un minuto para comenzar la reconstrucción de un hogar o de una vida.

Basta un minuto de atención para hacer feliz a un hijo… un padre, un amigo, un alumno, un profesor, un semejante…

De todos los minutos bien vividos…
Un minuto… Cuántas veces los dejamos pasar sin darnos cuenta… pero también cuántas veces traemos a nuestras vidas los recuerdos de los minutos vividos llenos de felicidad, de alegría y también de tristezas…

Decimos “un minuto” y nos parece nada…
Pero cómo se aprecia ese minuto al levantar la mano y saludar a un amigo que se va para siempre, como se valora ese minuto que hace que lleguemos tarde a nuestros trabajos, como se espera ese minuto que nos lleva a reunirnos con los que amamos, como nos llena de emoción ese minuto en que nos entregan a nuestro hijo al nacer, y cómo tambien deseamos que la vida le otorgue más minutos a quien la muerte separará físicamente de nosotros y no veremos más.

Un minuto…parece increíble…parece tan poquito y sin embargo puede dejar una huella tan profunda en nuestra vida.

Lo importante es no vivir la vida porque sí, dejando pasar el tiempo.

Alguien alguna vez dijo:
“Vive cada minuto como si fuera el último”…
Si todos recordáramos esa frase a diario aprenderíamos a vivir la vida intensamente.

Aprenderíamos a no posponer las emociones más lindas de la vida pensando que “si no es hoy será mañana”…

Tu tiempo es ahora… el futuro es incierto…

Vive cada minuto intensamente.

La vida es Hoy…

Que el reloj de tu vida marque cada minuto al compás de los latidos de tu corazón.

NO LAS CARGUES CONTIGO

 

 Hu-ssong narró a sus discípulos el siguiente relato:

– Un hombre que iba por el camino tropezó con una gran piedra. La recogió y la llevó consigo. Poco después tropezó con otra. Igualmente la cargó.

Todas las piedras con que iba tropezando las cargaba, hasta que aquel peso se volvió tan grande que el hombre ya no pudo caminar.

– ¿Qué piensan ustedes de ese hombre?

– Que es un necio -respondió uno de los discípulos.

-¿Para qué cargaba las piedras con que tropezaba?

Dijo Hu-ssong:

-Eso es lo que hacen aquellos que cargan las ofensas que otros les han hecho, los agravios sufridos, y aún la amargura de las propias equivocaciones…

Todo eso lo debes dejar atrás, y no cargar las pesadas piedras del rencor contra los demás o contra tí mismo.

Si haces a un lado esa inútil carga, si no la llevas contigo, tu camino será más ligero y tu paso más seguro.

POEMA – Autor: Iván Morales (México)

Era una bella noche ilustrada por luciérnagas,
cruzando un puente de piedras grises,
se dividía el jardín trasero del castillo lúgubre,
por el lago donde se bañaba la luna,
entre un lado de eucaliptos
y un lado de árboles que sobresaltaban
sus cortes de cabello afrodisíaco otoñal,
que dibujaba una tonalidad tan clara
como su misma agua en las mañanas,
por lo que la noche le pintaba un agua asustada,
temblorosa, marina, azulada y oscurecida,
pero la luz al final del camino era coloreada
por los rizos de la luna que se iba en las noches
a ese lago para ganar espacio entre tantas hadas
azuladas y brillantes que también
se veían en ese tan natural espejo acuífero.

Autor: Iván Morales (México)

Instrucciones para subir una escalera, por Julio Cortázar.

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Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquier otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.

Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie.)

Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimiento hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.

de “Historias de Cronopios y de Famas”

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