Era un hombre que una noche caminaba por las oscuras calles de su pueblo llevando una lámpara de aceite encendida. La ciudad era muy oscura en las noches sin luna como aquella. En un determinado momento, se encuentra con un amigo. El amigo lo mira y de pronto lo reconoce. Se da cuenta de que es Fruela, el ciego del pueblo. Entonces, le dice:
“¿Qué haces Fruela, tú que eres ciego, con una lámpara en la mano? ¡Si tú no ves!”.

Entonces el ciego le responde:
“Yo no llevo la lámpara para ver mi camino. Conozco las calles de memoria. Llevo la luz para que otros encuentren su camino cuando me vean a mí. No solo es importante la luz que me sirve a mí, sino también la que yo uso para que otros puedan también servirse de ella”.

¿A quién te recuerda esta anécdota? Seguro que estás pensando en Jesús.

Él se convierte para nosotros en Luz. Y ¿cómo lo hace? Proponiéndonos un estilo de vida, en el que nos hace diferentes al resto de las personas. Él, a través de su entrega desinteresada, fue capaz de cambiar el mundo.

Este pequeño relato puede dejarnos un propósito para realizar durante este día. Cada uno de nosotros vamos cumpliendo con nuestras responsabilidades y actividades pero a veces no nos fijamos en lo que hacen los demás, -y sobre todo en lo que pueden necesitar-.
Te propongo prestar un poco más de atención a lo que hacen otras personas cercanas a nosotros: compañeros, hermanos, padres, etc.
No seamos ciegos, seamos originales y ofrezcamos nuestra luz a la gente que convive con nosotros con pequeños detalles como el saludar, el dar las gracias, el ser amables, etc. Seguro que su vida mejorará en calidad y también la nuestra.