REFLEXIÓN

Cuesta soltar aquello que amamos, duele sentir que ya no somos amados,
pero en ese dolor estamos creciendo y madurando y si aprendemos a soltar
estamos dejando atrás una parte de nuestra historia y empezamos a abrirnos
a lo diferente, a lo desconocido.

Dejar ir es la clave, no es fácil, no es simple, y duele. Pero la vivencia normal

de una pérdida tiene que ver justamente con animarse a vivir los duelos,
con permitirse padecer el dolor como parte del camino. Y digo dolor y no el
sufrimiento, porque sufrir es resignarse a quedarse amorosamente apegado a la pena.

“Quiero poder abrir la mano y soltar lo que hoy ya no está, lo que hoy ya no sirve,
lo que hoy no es para mí, lo que hoy no me pertenece. No quiero retenerte,
no quiero que te quedes conmigo porque yo no te dejo ir. No quiero que hagas
nada para quedarte más allá de lo que quieras. Mientras yo deje la puerta abierta
voy a saber que estás acá porque te quieres quedar, porque si te quisieras ir, ya te habrías ido…”

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