Reflexión

Era un día soleado de otoño la primera vez que Ana se fijó en que
el abuelo tenía muchísimas arrugas, no sólo en la cara, sino por todas partes.

– Abuelo, deberías darte la crema de mamá para las arrugas.

El abuelo sonrió, y un montón de arrugas aparecieron en su cara.

– ¿Lo ves? Tienes demasiasas – Ya lo sé Ana. Es que soy un poco
viejo. Pero no quiero perder ni una sola de mis arrugas.

Debajo de cada una guardo el recuerdo de algo que aprendí.

A Ana se le abrieron los ojos como si hubiera descubierto un tesoro, y
así los mantuvo mientras el abuelo le enseñaba la arruga en la que
guardaba el día que aprendió que era mejor perdonar que guardar rencor, o
aquella otra que decía que escuchar era mejor que hablar, esa otra
enorme que mostraba que es más importante dar que recibir o una muy
escondida que decía que no había nada mejor que pasar el tiempo con los niños…

Desde aquel día, a Ana su abuelo le parecía cada día más guapo, y con cada
arruga que aparecía en su rostro, la niña acudía corriendo para ver qué nueva
lección había aprendido. Hasta que en una de aquellas charlas, fue su abuelo
quien descubrió una pequeña arruga en el cuello de la niña:

– ¿Y tú? ¿Qué lección guardas ahí?

Ana se quedó pensando un momento. Luego sonrió y dijo

– Que no importa lo viejito que llegues a ser abuelo, porque…. ¡te quiero!

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